martes, 9 de septiembre de 2014

LAS RATAS DE MIGUEL DELIBES

Las Ratas fue galardonado con el Premio de la Crítica de Narrativa Castellana 1963. Es uno de los libros en que mejor ha reflejado Delibes el drama de la Castilla rural, de una Castilla que no obstante rezuma grandeza en su misma miseria.

Muerte, infancia, naturaleza y prójimo aparecen simultáneamente tratados en Las Ratas: Un niño que vive en contacto directo con la naturaleza, unos hombres unidos ante la adversidad, la muerte violenta; los grandes motivos de Miguel Delibes se muestran en este drama de la Castilla rural.

Las Ratas es la novela de una colectividad, la que forman los vecinos de un mísero pueblo castellano que saben que su subsistencia no depende solo de su trabajo, sino de unas condiciones climatológicas que ellos no pueden controlar. Pero sería ingenuo buscar la clave del fracaso de esta comunidad campesina en las consecuencias de un pedrisco o de una helada a destiempo. La clave más profunda ha de buscarse en la propia estructura socioeconómica del pueblo, en el reparto profundamente desigual de la riqueza.

Las Ratas es una novela de denuncia y sería incompleta una lectura que atendiese únicamente a sus valores estéticos o al desenlace de una trama, por otro lado, apenas existente. Son claros los motivos que llevaron a su autor a plantear en forma de estructura novelesca lo que de otro modo nunca le hubiera sido permitido decir. El fracaso de la colectividad tiene causas muy reales y esas son las que Delibes, sin hacerlas explícitas claramente pero sí sugiriendo, haciendo leer entre líneas, trata de apuntar en esta novela.

Para el desvelamiento de las razones profundas que llevan al fracaso de esta comunidad rural se contraponen en la novela tres grupos o sistemas sociales. En primer lugar "la máquina estatal burocratizada", un sistema que tiene su principal representante en Fito Solórzano, el Gobernador, y cuyo nexo de unión con la colectividad es Justito, el Alcalde, un personaje que participa de las características que Delibes da a ambos sistemas (tratamiento irónico que se corresponde con el caricaturesco dado al Gobernador, pero también amante de su tierra como el resto de sus convecinos). 

Un segundo sistema social es el representado por los vecinos del pueblo, unas treinta y cinco familias que viven de la tierra pero tienen distinta manera de aproximación y de relación con ella: desde don Antero, el terrateniente, que cuenta con empleados fijos, hasta los pequeños propietarios que cultivan directamente su escasa tierra o la que tienen en arriendo. Por último, frente y junto a ellos, el tercer grupo social está constituído por el clan familiar de el Ratero, símbolo del individuo libre, asocial y primitivo, en oposición al primer grupo pero en armónica convivencia con el segundo.

De entre la galería de personajes que pueblan Las Ratas destaca, sin duda el Nini, un niño sabio, al que le corresponde el papel de aglutinar las diferentes anécdotas y situaciones que constituyen el contenido de la obra, así como establecer puntos de contacto entre los variados personajes que desfilan por ella.

El Nini tiene también una importante función simbólica. Este niño de entre diez y doce años además de ser una especie de maestro de la comunidad, aparece desde el comienzo de la novela rodeado de claras reminiscencias religiosas. Especialmente relevante resulta  a este respecto la cita evangélica con que abre Delibes su novela, o el hecho de que a algunos de sus convecinos les recuerde a Jesús entre los doctores. Constantemente se alude a su grave aplomo, a su ciencia infusa y a su hablar sentencioso.

Este niño es un producto de las leyes biológicas no reguladas socialmente. Hijo de hermanos, personaje solitario que se relacione con los adultos y no con los niños de su edad, tiene como única compañera a su perra Fa y su ocupación consiste en recorrer el pueblo y sus alrededores avisando a sus vecinos de los signos que observa en la naturaleza.

El Nini es requerido por todos los vecinos que le consideran el más capaz de realizar determinadas tareas: eliminar los zánganos de una colmena, capar un marrano, seleccionar los conejos defectuosos, separar la gallina de sus polluelos, etc.

Curioso, de espíritu observador, amante de la tierra y de los animales, el Nini ha aprendido cuanto sabe del magisterio de cuatro personajes importantes en su vida: su abuelo Abundio le ha instruído en el arte de podar; su abuelo Román le ha transmitido todo tipo de conocimientos sobre las liebres; de la abuela Iluminada ha aprendido los secretos de la matanza. Pero muchos de los conocimientos del Nini proceden del Centenario: un hombre de experiencia que sabía mucho de todas las cosas, hablaba por refranes y conocía al dedillo el santo de cada día. En sus charlas con el tío Rufo aprendió el niño a relacionar el tiempo con el calendario, el campo con el Santoral y a predecir los días de sol, la llegada de las golondrinas y las heladas tardías. 

Es un ser receptivo que está a gusto consigo mismo siendo como es, que sabe gozar del espectáculo que ofrece continuamente la naturaleza, ríe contemplando a los conejos rebozados de luna y disfruta cuidando de un zorrito que se se ha ido a vivir con él a la cueva.

Junto al personaje del Nini emerge con fuerza el de su padre, el Ratero, un tipo marginado, producto puro de la naturaleza, ajeno a todo sistema de leyes, rudo y primitivo. Hombre de un marcado individualismo, el Ratero se siente acosado por quienes pretenden arrebatarle sus únicas posesiones: el Nini, la cueva, y las ratas. Así discutirá con doña Resu empeñada en hacer del niño un hombre de provecho, se enfrentará al alcalde que intenta por todos los medios que abandone la cueva porque así se lo ha prometido a su amigo el Gobernador y acabará dando muerte al ratero del pueblo vecino que se ha adentrado en lo que él considera como su territorio.

En clara correspondencia con el ciclo agrícola que se novela en la obra, las Ratas presenta una estructura circular cerrada. Al comienzo de la novela el Nini observa la cuenca desde la cueva y baja al pueblo. El final es de nueva una imagen del pueblo visto por el chiquillo cuando se dispone a hacer el camino de regreso a la cueva tras el asesinato del que ha sido testigo. Pero el signo más evidente de este tiempo circular repetitivo es la figura de la señora Clo, barriendo los dos peldaños de cemento que dan acceso al estanco y la referencia al cartel de los quintos que el Nini ve al comienzo del relato. 

La misma acción, enunciada casi con las mismas palabras cierra la novela cuando ya el ciclo agrario ha terminado en tragedia y, sin embargo, todo parece seguir igual, como si nada hubiera cambiado en la vida de estos labradores  condenados a repetir gestos, trabajos y esperanzas.

viernes, 5 de septiembre de 2014

LA HOJA ROJA DE MIGUEL DELIBES

Situémonos para empezar en esa noche en que se jubila Eloy, el anciano protagonista de la novela tras medio siglo de trabajo en el Departamento de Sanidad. El festejo que organizan ante su marcha es bien poca cosa, sobre todo si se advierte el desinterés de quienes asisten a él. Tras el adiós previsiblemente llega el vacío, la sensación de ausencia y sobre todo la idea de que las manecillas del reloj no han de seguir girando por mucho tiempo. A partir de ahí Eloy Muñoz irá decayendo poco a poco, inmerso en la rutina, las conversaciones recurrentes y el peso de los recuerdos. Por eso el narrador hace que el anciano repita las mismas frases para que la atmósfera resulte más tediosa. Ese período es particularmente intenso y decisivo para Eloy, cuya única compañía fiel es Desi, la joven pueblerina que le atiende en las tareas domésticas.

En torno a ese par de personajes deambulan otros de no menor interés: Leoncito, el hijo desagradecido y egoista, Isaías, amigo de Eloy con el que pasea diariamente y Picaza el violento bribón con quien Desi pretende casarse y que acabará
en la cárcel.

Al final, puesto que la soledad incumbe tanto al viejo protagonista como a la criada, él le hace una propuesta que puede atenuar el desconsuelo: un matrimonio de conveniencia sin otro fin que el de buscar el beneficio común, ésto es: la compañía para Eloy y el hecho de que a la muerte de éste ella reciba la pensión de viudedad; cuando el jubilado plantea su propósito a Desi, le confiesa algo que resume todo el sentido de la novela: "Tendrás estorbo por poco tiempo, hija. A mí me ha salido ya la hoja roja en el librillo del papel de fumar."

A pesar de que la síntesis del libro puede dar la idea de que se trata de una narración angustiosa, muy inspirada en el desarrollo de la pesadumbre del jubilado, lo cierto es que el tono de la obra desmiente esa sospecha. Lo mismo en su inicio y desarrollo que en su inesperado final es la ausencia de aflicción lo que caracteriza tanto a Desi como a Eloy, ambos víctimas de vidas y eventos tristes y difíciles, pero los dos personajes con calor humano y positiva vitalidad.

Como en todas sus demás obras el escritor vallisoletano nos hace ver el conjunto de cualidades de cada personaje a través del modo que éste tiene de expresarse.

Si bien la narración puede resultar repetitiva, ésto no es ninguna torpeza por parte del autor sino todo lo contrario: El viejo Eloy vuelve continuamente a las mismas frases, recupera junto a su amigo Isaías los mismos recuerdos y se olvida sistemáticamente de los mismos detalles del día a día; además intenta infructuosamente comunicarse con los que le rodean a través de la neblina que le empaña las ideas.

Delibes es de aquellos escritores para quienes la novela ha de ser de alguna manera un compendio de la vida: "Una novela requiere al menos un hombre, un paisaje y una pasión. Sin ellos no puede haber novela" La Hoja Roja aúna todos estos elementos y es un reflejo de la vida cotidiana de la época en que fue escrita, 1959, es decir, cuando ya había pasado el tiempo de la posguerra y España entraba en los planes de desarrollo.

El lector se enternece ante el retrato de los miedos y las obsesiones de un hombre al que le ha salido la hoja roja en el librillo del papel de fumar y que sabe que él también tiene las horas contadas.


lunes, 1 de septiembre de 2014

LA HIJA DEL CANIBAL DE ROSA MONTERO

Lucía y Ramón llevan juntos diez años, unidos más por la costumbre que por el amor. Deciden pasar el fin de año en Viena, pero en el aeropuerto, minutos antes de que salga el vuelo, Ramón desaparece. Tras denunciar el caso a la policía, Lucía emprende la búsqueda por su cuenta acompañada de dos personas singulares: Adrián un turbador muchacho de veintiún años y Fortuna, un viejo anarquista de ochenta, antiguo torero y pistolero con Durruti: Esta es la historia de un misterio que pugna por desvelarse: el de la desaparición de Ramón, pero el del sentido de la existencia.

La Hija del Caníbal  incluye, junto a la trama policíaca y el elemento paródico, las memorias del viejo Felix que rastrea sin muchas pretensiones históricas la vida del anarquismo en España. A su vez, las reflexiones de la protagonista ocupan un espacio considerable en la obra. Esta combinación de elementos narrativos nos lleva a interrogarnos sobre el papel que juegan las estructuras del relato policíaco y la parodia en el conjunto de la novela.

Lucía asume el rol masculino que anhela combatir. La parodia se activa con la copia dialógica de las ideas machistas y tiene por objeto subvertir el lenguaje patriarcal. En la Hija del Caníbal la narradora advierte al lector que ella está escribiendo la novela. Desde las primeras páginas Lucía afirma que está escribiendo el libro como forma de encontrar su identidad. Es el motivo que constituye el núcleo temático de la novela: " Yo estoy convencida de que el arte primordial es el narrativo porque para poder ser los humanos nos tenemos previamente que contar. La identidad no es más que el relato que hacemos de nosotros mismos.

La narradora juega con el lector. Comenta en varias ocasiones su tendencia hacia el invento y la mentira: "Es algo natural en mí, no puedo evitarlo; de repente se me dispara la cabeza y todo lo que pienso me lo creo".

Lucía está sumergida en un laberinto de sentimientos y contradicciones que tiene que ordenar para rehacer su identidad: La escritura llega a ser un medio de introspección de la protagonista y un análisis del acto narrativo. La narradora subvierte y transcontextualiza la imagen de la escritora en la novela, al mismo tiempo, con este recurso metaficticio, Rosa Montero ausculta la realidad con los parámetros de la ficción.

El elemento lúdico recorre todo este proceso paródico. No sólo la autora nos informa sobre su actitud jocosa y juguetona, sino que las situaciones que viven los protagonistas ponen de manifiesto la intención humorística del relato.

Rosa Montero ha escrito una magnífica novela: ágil, sabiamente construída y llena de humor y de emoción que retrata, a tres voces el paso de la juventud a la madurez, esa edad fronteriza en la que de nuevo se nos reordena el mundo y creemos poder descifrar el enigma de lo que somos.

viernes, 29 de agosto de 2014

CUENTOS DE FIODOR M. DOSTOIEVSKI

En los cuentos de Dostoievski en lugar de encontrarse el lector con el príncipe Myshkin de El Idiota, se topará con el narrador de El Sueño de un Hombre Ridículo. En lugar de Raskolnikov, Svidrigailov, Stavroguin o Iván Karamazov, se encontrará con Polzunkov, Iván Matveievich, Projarchin, Vasia Shumkov o Nastenka. Sin embargo, es de vital importancia decir que es precisamente en el relato breve y en el cuento donde el autor concentra con más intensidad el contenido filosófico de su obra.

Los héroes de sus cuentos están íntimamente ligados al conjunto de los grandes protagonistas de sus novelas, como si se les legara el don de proseguir por su cuenta la narrativa cambiando únicamente el nombre o el lugar de residencia. Por eso, la novela o el cuento de Dostoievski tienen una cierta circularidad que no permite desasirse de la continuidad de una idea, como si en el fondo no quisiera enterrar definitivamente a sus protagonistas, portadores de sus ideas.

Este pequeño detalle literario lo refleja claramente el autor al final de sus Memorias del Subsuelo, donde la obra es sólo un pretexto para seguir escribiendo y proseguir con otro héroe, en otro lugar y con otra historia. Así es como lo confiesa el autor al final, cuando dices que "no obstante, no terminan aquí las anotaciones de este ser tan paradójico", y que, sin poder contenerse, continuó escribiendo.

De este modo, no resulta extraño que lo grande y lo pequeño tengan una dimensión diferente en la obra del autor. Pues, si bien el delirio llevó a Iván Karamazov a dialogar con un diablo canijo y resfriado sentado en una silla frente a su cama, no sucederá lo mismo en los cuentos de El Corazón Débil o El señor Projarchin, cuyos delirios tienen otros matices. Se podría decir que el origen del mal de Iván Karamazov, así como el del pobre Vasia Shumkov, desbordado por el amor y por su cansina labor de copista, y también el del usurero señor Projarchin, conservan un cordón umbilical que los une a la concepción filosófica e histórica de Dostoievski.

Se trata del mal que asedia Europa y que se encarna y sintetiza en la historia y el devenir de ese San Petersburgo de Projarchin, donde las oficinas aparecen y desaparecen como por arte de magia y donde los librepensadores desempeñan un papel que se escapa a la comprensión. Todo ello, aún pareciendo conjugarse en cosmos distinto al de las grandes novelas del autor, no lo es; pues en él todo tiene una ligazón, una unión y un hilo conductor.

Aquella época de la gris influencia burocrática sobre el ser humano, anulado e insignificante como un mosquito, sólo tiene cabida en un Dostoievski eternamente preocupado por el hombre, al que quiere alertar del peligro burocrático, Su comienzo literario fue con Pobres Gentes, donde el funcionario Dévushkin, escribiente de profesión, lucha para no escindirse en su labor de copista, por lo que escribe cartas a cual más bella, puliendo el arte epistolar con tal de no quebrarse en vida, como le ocurrió a Vasia en El Corazón Débil.

Por todo ello, también el miedo a desaparecer de Projarchin, a esfumarse, en definitiva, entre la niebla y los fuegos petersburgueses, no dista de la extraña y fantasmal situación del esperpento en que se ve sumergido el individuo que habita la ciudad más burocrática del planeta, en la que resulta imposible sobrevivir sin desasirse de las catorce categorías que marcó la Tabla de rangos instituída por Pedro I el Grande.

En este sentido El Cocodrilo es una obra clave y sumamente importante por la alegoría que encierra en relación con el mal burocrático encarnado en la figura del pobre Iván Matveievich, tragado por un cocodrilo y que mora en las entrañas de la burocracia, mientras se devana los sesos en escribir algún nuevo tratado sobre el principio económico para convertirse en un nuevo Fourier.

Kafka debió de captar el secreto petersburgués y lo reflejó en sus obras, pero lo cierto es que de no existir Projarchin, Devushkin y Goliadkin, probablemente tampoco existirían ni George, ni Joseph K. ni Gregorio Samsa. Aquéllos se anticiparon geográfica y temporalmente a la obra de Kafka, a El Proceso, a La Condena y a La Metamorfosis.

Aunque el tema de los funcionarios tenga su raíz trágica, tal y como había plasmado Chéjov en La Muerte de un Funcionario, o Gógol en La Nariz, El Capote o Las Almas Muertas, sin embargo no le falta su pincelada de humor a todo cuanto se relacione con la vida de sus personajes, cuyos nombres propios, la mayoría de las veces, tienen un significado cómico.

El héroe suele enredarse en su apellido, en el que unas veces se confunde su identidad, y otras refuerza la carga que pesa sobre él. Una larga y dilatada trayectoria naturalista lega a Dostoievski la herencia de Gógol y Saltikov-Shedrín, que insistieron mucho en esa particularidad literaria rusa.

Otra particularidad del idioma ruso son los diminutivos de los nombres propios que no dejan de sorprender por su enorme variedad. Tal es el caso del cuento El Corazón Débil, en el que el lector tan pronto se topará con Vasia Shumkov como con Vasenka, Vasiutka, Vaska, Vasiuk o Vasinka, así como también con Arcadi o Arcasha. Lo mismo ocurre en El Ladrón Honrado con el borrachín al que mata su buen corazón y cuya moral no le permite morir sin confesar el robo. A este personaje el narrador de la historia se refiere de muchas formas: Iemeliá, Iemeléi. Iemelián, Iemeliúshka etc.

Toda esta variedad en la forma de nombrar a sus personajes obedece a un deseo de plasmar la complejidad del alma rusa, que el autor siempre consideró que sintetizaba el alma humana.

lunes, 4 de agosto de 2014

LOS AÑOS CON LAURA DÍAZ DE CARLOS FUENTES

La trama de la novela abarca un lapso de cien años, desde 1868 a 1968. La historia de la protagonista va siendo narrada al mismo tiempo que la historia del país. La intención del autor parece ser recuperar la parte femenina que ha quedado diluída en la historia de un país fundamentalmente masculino, dónde la herencia azteca, árabe y española la ha marginado del acontecer histórico. Carlos Fuentes escribe la memoria del siglo XX mejicano apoyando su narración en hechos y personas que determinaron la conformación del Méjico actual.

De manera simultánea, el autor realiza un recorrido por la vida íntima de una mujer, Laura Díaz, y de las pasiones, los obstáculos los prejuicios, el amor filial, las alegrías y las penas que la conducen a conquistar su propia libertad y su libertad creativa.

Los Años con Laura Díaz es la historia de una saga familiar, originada en Veracruz que sirve de sustento a esta novela histórica. Como nunca antes Carlos Fuentes es fiel a su propósito de describirnos el cruce de caminos dónde se dan cita la vida individual y la vida colectiva. El autor nos lleva a un mundo mágico en un país que en el siglo XX fue lugar de encuentro de diferentes personajes históricos debido a los avatares políticos de esos años.

El relato se inicia con la abuela de Laura Díaz, doña Cósima que nació en Alemania y está casada con otro alemán, don Felipe, dueño de una plantación en Veracruz. Cósima vivió un evento fugaz que marcó para siempre su vida cuando era joven. Viajaba en una diligencia que fue asaltada por uno de los bandidos más famosos de su tiempo, "El Guapo de Paplanta", quien con el propósito de despojarla de sus joyas le dijo que le entregara los anillos que llevaba, a lo que Cósima contestó que para que los tuviera tendría que cortarle los dedos. El bandido así lo hizo, de un machetazo le cortó los dedos. Sin embargo, Cósima siempre recordaría su apostura, pues le dejó una gran impresión y solventaría la mutilación usando unos guantes rellenos que hacían parecer que tenía dedos.

Laura Díaz aparece desde muy niña muy apegada a su abuela con quien comparte secretos y confidencias. Cada capítulo describe sus progresos, sus sentimientos, sus anhelos, sus deseos e inquietudes transitando por las tradiciones veracruzanas de socialización de vida en familia. Laura pasó algún tiempo en la ciudad de Xalapa, en Veracruz, dónde fue testigo de atroces sucesos como la muerte de su medio hermano Santiago a manos de sus enemigos ideológicos.

La protagonista se relaciona con hombres que desean verse favorecidos con su aceptación hasta que llegó Juan Francisco López Greene que con sus ojos verdes y su fisonomía extraña, entre negra e indígena, la cautiva y se casa con él, teniendo dos hijos Santiago y Dantón.

Aparecen en la narración personajes históricos tan conocidos como los pintores Diego Rivera y Frida Khalo, su mujer, haciendo hincapié en el Méjico post-revolucionario y la forma en que Laura Díaz participa, su interacción con estos artistas y la sociedad de intelectuales a la que pertenecen.

La ciudad de Méjico fué el lugar de encuentro con nuevas personas con quienes se relaciona nuestra protagonista y comparte eventos sociales así como amoríos clandestinos que lograron en ella transformaciones importantes en su manera de ver la vida, las personas y las situaciones. Laura Díaz se nos presenta como una mujer que logró romper con esquemas y patrones sociales y culturales, lo que le permite construir su vida y sus convicciones, valorar a las personas que la rodean, obtener ventaja de las situaciones y lograr un crecimiento como mujer fuera de serie.

Estamos ante una obra maestra. Carlos Fuentes aparece en esta gran novela como muy digno merecedor de sus numerosos galardones como el Premio Cervantes y el Premio Príncipe de Asturias.