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jueves, 23 de junio de 2016

CAMILLE DE PIERRE LEMAITRE

Anne Forestier queda atrapada en medio de un atraco a una joyería en los Campos Elíseos. Tras recibir una paliza que la deja al borde de la muerte, tiene la suerte de sobrevivir.... y la condena de haber visto la cara del asaltante. Su vida corre un grave peligro, pero Anne cuaenta con la ayuda del hombre que ama: el comandante Camille Verhoeven. Este estará dispuesta a actuar al margen de la ley con tal de protegerla. Pero quién es ese enemigo, y por qué ese empeño tan feroz en acabar con Anne.

La atmósfera y la escritura escalofriantes de este final de la tetralogía confirman una vez más el increíble talento de Pierre Lemaitre.

Siempre que una serie de libros consigue conquistarte, estás contando los días que quedan hasta poder leer la última de sus entregas, aunque a la vez deseas que ese momento no llegue nunca, pues supondrá la despedida definitiva de sus personajes, no volver a saber de ellos, no tener más aventuras que vivir juntos, no acompañarles en lo que pudiese depararles el futuro....Eso mismo me ha ocurrido con la tetralogía de Camille Verhoever, el peculiar comandante de Pierre Lemaitre que con Camille pone punto y final a sus andanzas. Siempre estoy deseando tener una nueva historia que devorar, pero confieso no estar preparada para despedirme de Camille Verhoever.

Un acontecimiento se considera decisivo cuando desbarata nuestras vidas por completo. Camille Verhover había leído esta afirmación unos meses antes en un artículo sobre "la aceleración de la historia" En cuanto ocurra serán conscientes de que sus consecuencias van a ser de proporciones gigantescas, de que lo que ha pasado es irreversible. Por ejemplo, tres disparos de una escopeta de repetición sobre la mujer que uno ama. Eso es lo que le va a suceder a Camille.

Para quien no haya leído nada de esta saga, se trata de cuatro libros protagonizados por Camille Verhoever, comandante de la Brigada criminal de París. A Camille todos le conocen, su fama le precede por ser un policía sobresaliente, pero es su aspecto físico lo que consigue atraer todas las miradas. Su madre era una reputada pintora que, por no dejar de fumar durante el embarazo de Camille, fue culpable de que su hijo, ya con cuarenta años, no supere el metro cuarenta y cinco de estatura y aunque han sido muchas las barreras, sobre todo de prejuicios, que Camille ha tenido que superar para llegar dónde está, no ha habido nada que le haya detenido.

Todas las novelas que componen la tetralogía han sido publicadas bajo nombres propios. Esta última entrega, Camille, se publicó en su versión original bajo el título Sacrificios y a lo largo de la lectura comprendemos rápidamente el por qué, aunque a mi personalmente me gustan más los títulos que Alfagura ha escogido, todos en la misma línea. En esta ocasión la historia comienza con Anne, pareja de Camille, yendo a una joyería a recoger un reloj para regalar a Camille. Anne tiene la mala suerte de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado, y se topa con dos encapuchados que se disponían a llevar a cabo un gran robo. Desde ese momento Anne estará en el punto de mira de los atracadores que no permitirán que quede ningún testigo de su trabajo.

Camille es cien por cien Lemaitre en su esencia. Después de leer varias novelas del autor es fácilmente identificable su estilo, el tipo de historias que le gusta brindarnos, la forma de mantenernos con el corazón en un puño...Como siempre, consigue dejarnos sin aliento desde las primeras páginas, y tenernos cuaestionándonos cada suceso de la historia, ¿realmente está pasando todo ésto, o hay alguna explicación que ponga cada cosa en su lugar? Esa es la especialidad de Lemaitre y con Camille nos muestra una vez más su maestría. Camille me ha conquistado desde la primera página hasta la última, y aunque no siempre es fácil, siento que le ha dado a la historia un final digno de Verhoever.

Tras leer la saga de Camille  y otros libros del autor, no me quedan dudas de por qué le llaman el maestro de la novela negra francesa, prácticameante ningún otro autor consigue para mi gusto, ese manejo del suspense e historias tan bien construidas.

VESTIDO DE NOVIA DE PIERRE LEMAITRE

Vestido de novia de Pierrre Lemaitre ganó el premio Goncour de 2013 con una novela que gusto mucho también aquí en España. Se buscó en el baul de obras publicadas para servirlas al público ávido de más Lemaitre. Vestido de novia es la segunda de su autor.

Explicar parte de cómo se desarrolla la trama hace que pierdas interés en la novela. Pero también que descubras los volantazos del argumento y la decepción entonces es casi depresiva.

Una novela puede ser tramposa pero no sé yo si también mentirosa. Y me temo que aquí Lemaitre a fuerza de encadenar hechos inverosímiles, cuando no imposibles, nos endosa no mal truco de mago sino trola de adúltero en paños menores. La novela empieza muy bien. Inquietante. Sin contemplaciones. Asistimos a una persona aparentemente normal que tiene problemas con su cordura. El autor nos coloca dentro de los ojos de esa cabeza enloquecida. Sophie es una canguro que al despertar observa como el crío al que cuida ha sido estrangulado con los cordones de sus propios zapatos.

La puerta de la casa está cerrada por dentro. Hay una víctima y una culpable: ella. Se dá a la fuga, a su alrededor siguen apareciendo muertos. Busca una madriguera y se esconde. Esta primera parte es casi impecable en cuanto a recursos y objetivos. El vértigo de la locura cuando subvierte lo cotidiano hasta hacerlo inaprensible.

Pero a partir de la segunda parte se han acabado casi todas las buenas noticias. Es como si el Lemaitre novelista, al concluir esta primera parte, haya decidido, satisfecho irse a la cama y quien se levanta de la siesta es el Lemaitre guionista de series de televisión para domingos por la tarde en Antena 3. Porque la segunda parte es larga, lenta, inverosímil con tópico serial killer obsesivo de manual freudiano en fascículos coleccionables. Un CSI Burdeos desde el punto de vista del pirado, un Norman Bates encontrado en un todo por euro. Lo que explica tiene un cómo increíble aunque el qué puede ser goloso -alguien trata de enloquecer a la víctima de su venganza a base de fármacos, cambios constantes y demás fruslerías-.

Lemaitre es aquí un autor con la espalda quemada por Thierry Lonket, pero no resiste comparación con él, ni tampoco con el suspense hitcockiano al que parece querer acercarse, homenajear o vete a saber qué. Hay disfraces, algunos giros solventes, y un desenlaza predecible, claro, pero además excesivamente atolondrado, ridículo más que patético con la ristra de ajos de rigor: abuelos en Dachau, madre desequilibrada, campiña francesa, padre fetén, polis incompetentes, silla de ruedas por escalera, malo reprimido e impotente e historiales psiquiátricos en cajas de cartón.

viernes, 19 de febrero de 2016

MARIO Y EL MAGO DE THOMAS MANN

En el mundo hay abundancia de atajos para llegar a ciertas clases de belleza. Caminar junto a Hans Cartorp en lo que constituye una travesía hacia su propia interioridad, escuchando a hurtadillas las entusiastas pláticas que entablan Ludovico Sellembruni y Leo Naphta o sumergirse con Gustav Aschenbach en los inescrutables abismos de la crisis espiritual de conciencia, equivale a recorrer no ya un atajo, sino un tortuoso a veces, y fascinante otras, camino que se cimienta y suspende sobre una inequívoca base: el entusiasmo por la belleza. Y ese sendero que se bifurca a la manera de Borges, se pierde en la noche de los tiempos, y por fín se vuelve a unificar, nos lleva siempre a Thomas Mann, al sempiterno Thomas Mann.

Lo cierto es que obras como La Muerte en Venecia o La Montaña Mágica, me dejaron tan profundamente impresionada, que intentar traducir lo que he experimentado con la lectura de ambos prodigios artísticos, por medio de las palabras, está fuera de mi alcance y supondría un atrevimiento que, por otro lado, no estoy dispuesta a cometer.

Mi entendimiento, si los santos del cielo acuden en mi ayuda, como cuando el gaucho Martín Fierro los invocaba para contar su historia, quizá sea propenso sí, a trasladar algunas ideas -nada novedosas- que guardo en mi interior después de la lectura de la brevísima novela Mario y el Mago.

En esta novelita -"novelita" solamente por su extensión, y de ningún modo por su profundidad, como se podrá deducir- Mann, a diferencia de los libros antes citados, se vale de un narrador en primera persona para describir una anécdota: la estancia de una familia extrajera en Torre di Venere, un (ficticio) pequeño balneario italiano, situado sobre la costa del Tirreno. 

El padre refiere algunas de las desagradables situaciones que él y los suyos debieron de soportar al poco tiempo de su llegada, como la intransigencia con que el administrador del hotel les hizo desalojar las habitaciones que ocupaban por pedido expreso de miembros de la nobleza romana, a causa de una tosferina que su hijo ya había superado, aunque esto último, dictaminado por un médico, no fué óbice para que la bizantina decisión fuese alterada; o la escandalizada reacción de algunos lugareños por la autorización que el narrador y su mujer le dieron a su niña de ocho años para quitarse el bañador en la playa, a fin de sacarse la arena que llevaba encima; suscitándose finalmente con motivo de esta nadería disfrazada de inmoralidad, una acción punitiva contra el matrimonio que se vio obligado a pagar una multa en el Municipio.

Sin embargo, el escritor alemán pone el acento en otro incidente, a primera vista igual de intrascendente que los ya mencionados, pero que en una lectura menos lineal, se revela al mismo tiempo, como la razón de ser y la metáfora de la novela: la presencia en el pueblo del mago Cipolla, un artista extraordinario que fusiona en su espectáculo ardides con barajas, juegos de prestidigitación y, lo más impresionante, hipnotizaciones múltiples.

Cipolla se deja ver, a lo largo de su inextinguible y somnífera presentación, como un personaje avasallante, con tintes arbitrarios, que somete y humilla sin concesiones a su propio público, pero al mismo tiempo, como un líder que amansa con una facilidad suprema a los desorientados espectadores que se muestran empecinados en presentarle batalla. El Cavaliere no conoce de fracasos ("me envanezco de tener casi siempre una buena noche" dice al inicio del espectáculo) y lo cierto es que ejecuta cada uno de sus trucos con tanta confianza en su propia persona, que la resolución exitosa de los mismos parecería estar asegurada de antemano. Como comenta Francisco Ayala, traductor al español de algunas de las obras de Mann: "este mago de feria, que por dos veces ha alzado su mano derecha haciendo el saludo romano, y que por último sugestiona al inocente camarero Mario para que, entregado por entero a su albedrío, haga el ridículo en una patética y fufa transferencia de sentimientos, no hay duda de que representa a Mussolini, entonces en el apogeo de su gloria" Del mismo modo, es válido interpretar la generalidad del escenario que Thomas Mann traza por medio de su romántica pluma como una caricaturización, o mejor aún, como una alegoría maestra de la pujante ola de fascismo que en 1919 (año en que el alemán escribió la novela) se cernía, con su culto al nacionalismo y al Estado omnipresente, sobre la geografía italiana.

No obstante, Mann nunca avaló dicha interpretación; más bien se mostró reacio a aceptarla. Es lógico que su postura fuera esa, pues reducir su obra a un movimiento político efímero, significaría quitarle trascendencia, más allá de la obvia referencia al régimen de Mussolini. Por el contrario, si escrutamos con profundidad los rasgos esenciales que se esconden tras la mirada penetrante del mago Cipolla, si analizamos en extensión el comportamiento servil y decadente de la mayoría del público, y si por último, nos identificamos con el pasmado matrimonio extranjero que contempla aquel fastuoso y descomunal desfile de sugestión y poderío junto a sus no menos asombrados hijos, quizá comprendamos que Mann no nos habla solamente del Duce y sus seguidores; nos habla de la condición humana y de peculiaridades inherentes a ella.

jueves, 17 de diciembre de 2015

LA ROMANA DE ALBERTO MORAVIA

¿En qué está el parecido entre esta novela cumbre del neorrealismo italiano de la posguerra y, por ejemplo, las ficciones picarescas del caballero Andrea de Nerval o del filósofo Diderot? No en el erotismo, pues en La Romana, aunque Adriana, la protagonista, hace el amor con mucha frecuencia, tanto por motivos profesionales como personales, el sexo no aparece con los ropajes prestigiosos y excitantes que el género exige, sino como un quehacer más bien deprimente, en el que se manifiesta lo peor de los hombres y las mujeres del mundo ficticio: la violencia de Sonzogno, las obsesiones edípicas de Astarita, la frigidez de corazón de Jacobo y el espíritu venal de Gisela.

La semejanza reside en la estructura, en la técnica narrativa y en las convenciones que debe aceptar el lector para leer con provecho la novela. La forma prototípica de la ficción libertina es la del testimonio autobiográfico. Como el personaje de Moravia, el o la protagonista de aquellas novelas refiere las aventuras galantes de las que fue beneficiario o víctima. Y lo hace siempre con la misma prolijidad que Adriana. Cierto que éste es, asimismo, el formato acostumbrado de la novela picaresca del Siglo de Oro -el monólogo del pícaro escribidor- pero La Romana es más dieciochesca que picaresca porque en ella se piensa más que se actúa. Al igual que sus dos famosas congéneres, Justine y Juliette, concebidas por el divino marqués en un torreón de La Bastilla, Adriana abunda más -se diría goza- en la reflexión y el filosofar sobre aquello que le sucede, que en el relato de aquellas ocurrencias (ésto es lo que hace el pícaro). 

Ello imprime a la novela una lentitud que sería fatigosa si no estuviera interrumpida, de tanto en tanto, por episodios melodramáticos, de intensa carga persuasiva, que hacen vibrar el relato, como la emboscada de que es víctima Adriana en Viterbo, la delación que perpetra Jacobo o los robos que la prostituta comete, no por codicia o necesidad sino para confirmarse a sí misma su deterioro moral. Estos robos así como el extraño placer que Adriana siente cada vez que recibe dinero por hacer el amor, dan al personaje unos ribetes más complejos y enrevesados de los que ella, según su testimonio, cree tener.

La comparación con una novela dieciochesca se impone sobre todo porque, como La Religiosa o Justine, La Romana sólo es creíble para el lector que renuncia a la ilusión realista y se adentra en sus páginas dispuesto a vivir una fantasía literaria, una ficción-ficción. La apariencia de la anécdota es realista: chirría a tinta y papel, desafina a buena literatura todo el tiempo. Esta es la convención que el lector debe aceptar. Esta muchacha de veintiún años, pueblerina, sencilla, ignorante, ingenua, se cuenta con una solvencia de académica y sin violentar las buenas maneras gramaticales ni una sola vez; es una fina observadora de la conducta propia y ajena y capaz de hurgar hasta en los vericuetos más íntimos de la psicología de las gentes. 

No hay que ver en ello una contradicción que privaría a la novela de poder persuasivo. Hay que entenderlo como un caso de novela que, en vez de la convención "verita" del lenguaje, propone otra, la "culta", tal como lo hacían los novelistas (también ellos se creían realistas) del Siglo de las Luces. En ese mundo ficticio, que no es el nuestro, imperan otras reglas de juego y debemos aceptarlas como un elemento ficticio más de ese mundo de ficción. A las reminiscencias dieciochescas, se añade en la novela la conciencia social del intelectual comprometido del siglo XX. La mezcla es típica de Moravia. Hay en él un escritor fascinado por el sexo y sus laberintos, que pudo ser un "libertino" contemporáneo, como intentó serlo Roger Vaillant, pero que nunca lo ha sido del todo. Porque aunque el sexo es la atmósfera de su mundo ficticio, siempre está tenido a raya e instrumentalizado para configurar una visión crítica y problemática de la sociedad.

La Italia que el libro finge representar es la del fascismo ("era el año de la guerra de Abisinia"), un país pobre, sórdido y deprimido, de movimientos clandestinos y siniestras oficinas públicas dónde, al entrar, los usuarios deben hacer el saludo imperial. La política no ocupa el centro de la acción porque Adriana no entiende nada de política ni se interesa por ella, pero es su contexto imprescindible. Dos de los amantes de la protagonista, por lo demás, están sumergidos hasta el cuello en la actividad política: Astarita, funcionario de la seguridad del régimen y Jacobo, militante antifascista. Lo mejor de todo, sin embargo, no es la visión sombría y desesperanzada que traza de una época, sino la galería de seres humanos que desfilan por sus páginas. Pese a ser convencional y sin aristas, hay en la resignación de Adriana a su suerte y en su pasión por Jacobo una oscura grandeza. Fuera de ella ninguno de los personajes es digno de admiración, ni siquiera de respeto. Pero todos son interesantes y están estupendamente bien cincelados y diferenciados.

La maestría de Moravia en los retratos psicológicos alcanza en esta novela, al igual que en Agostino y el Conformista, su punto más alto. Dos de los personajes, sobre todo, impresionan de manera muy gráfica por su retorcimiento y violencia: Sonzogno, el asesino, en el que la necesidad de hacer daño aparece como un instinto irresistible, una especie de mandato celular, y Astarita, el más logrado del libro, ser tortuoso y débil, cerebral y apasionado, que sin duda ejerce su oficio con asepsia quirúrgica. Que ambos mueran al mismo tiempo, y uno por culpa del otro, es un atisbo de que, a pesar de su grisura, aquel mundo no está totalmente dominado por el mal.

Otro personaje muy bien diseñado es la madre, aunque el tipo aparezca con frecuencia en las películas y novelas del neorrealismo italiano. En ella se hace patente una convicción antirromántica. La de que la pobreza no espiritualiza ni sublima al ser humano; más bien lo encallece y degrada. Las estrecheces y rudeza de la vida han hecho de la madre de Adriana un ser frío y amoral, tanto o aún más que Gisela. Si empuja a su hija a la prostitución no es por malvada; la experiencia le ha enseñado que todo vale a fin de conseguir aquella seguridad y comodidades que nunca tuvo. Ser mecánico, absorto en una rutina casi animal, hay algo  en la manera de ser de la pobre mujer que nos enternece y nos espanta, una especie de acusación. El autor ha conseguido, en la inercia amarga y rencorosa de la madre de Adriana, un admirable símbolo de las iniquidades sociales.

Jacobo, en cambio, es más borroso y menos persuasivo. No sólo por sus inhibiciones y desánimo vital, sino por esquemático. Hijo de burgueses, intelectual, paralizado por contradicciones que quieren reflejar las de su clase, de una debilidad que hace de él primero, un indeciso y luego un traidor, su suicidio tiene demasiadas resonancias alegóricas para conmover al lector. Quien se pega el tiro, en ese hotelillo perdido, no es un ser concreto sino una abstracción ideológica.

No deja de sorprender que La Romana fuera un libro polémico y que provocara tanto escándalo al aparecer. Los episodios sexuales, salvo una que otra rápida excepción son bastante anodinos, y Adriana, la narradora, aunque ejerce el meretricio, luce una moral severísima y conformista a más no poder. La única audacia es la amarga amoralidad de la madre, poco menos que testigo presencial de los encuentros de su hija con sus clientes (o amantes como los llama Adriana en su educado lenguaje).

Cuesta trabajo, en todo caso, imaginar que fuera este detalle marginal a la historia el que atrajera todas las consideraciones que durante algún tiempo, dieran a La Romana la aureola de libro maldito.

viernes, 4 de diciembre de 2015

EL SUEÑO MÁS DULCE DE DORIS LESSING

Esta monumental obra parece surgir de una doble mixtificación. Después de su autobiografía, la novelista decide cambiar de registro y opta abiertamente por la autoficción cuando su mirada retrospectiva alcanza años de los que todavía quedan supervivientes, con el sano propósito de "no perjudicar a personas vulnerables". Pero en cuanto al tiempo del que se trata también se nos advierte de que el protagonismo de los idealistas años sesenta, compartido aquí con los malvados setenta y los codiciosos ochenta, no impide que aparezcan incorporados acontecimientos posteriores. Ello le da al Sueño Más Dulce tanto una dimensión nostálgica como una vigencia de actualidad que hace de este texto uno de los más ambiciosos y logrados de Doris Lessing.

El Sueño Más Dulce resulta tan caudalosa de personajes como una novela río, una auténtica novela red en la que conviven figuras admirables de múltiples procedencias y edades. Es, sin duda, una obra política, escrita desde la doble experiencia de quien perteneció al Partido Comunista inglés y fue activista anti-aparheid en Rhodesia y Sudáfrica. La escritora no escatima sus críticas contra el estalinismo, la gauche divine, las organizaciones internacionales y sus parásitos que se enriquecen a costa del Tercer Mundo; la ideología como coartada y la corrección política, de la que se dice que "no es más que una pequeña muestra del imperialismo yanki".

Precisamente por esto  último, leyendo El Sueño Más Dulce viene a la memoria el famoso libro de Robert Hughes: La Cultura de la Queja, de 1993. Pero también esta referencia parece oportuna en lo que esta obra tiene de novela costumbrista, en especial de descripción perfectamente vigente hoy en día del conflicto entre generaciones, que ya había sido tema de The Summer before the Dark y The Diaries of Jane Somers y esta percepción cala magistralmente en el lector al revelarse las contradicciones mediante la convivencia en una vieja mansión londinense de una heterogénea familia nacida en torno a Johnny Lenox y su primera mujer, Frances.

El es un protagonista caracterizado por su absentismo, la diana contra la que apuntan los dardos más acres de la autora. Este "comunista de carrera", "loco egoista" que "jamás había trabajado de verdad", deja a Frances al frente de una comuna que él mismo puebla de "la progenie del camarada Johnny", compuesta de sus otra mujeres, de los hijos de éstas, de correligionarios y transeuntes, ante la mirada atónita de su madre, la propietaria de la casa, Julia von Arne, una alemana nacida en 1900 que se enamora del diplomático Lenox en 1914 y se casa con él cuando es ya un mutilado de guerra.

La muerte de la anciana Julia, a la que su hijo menospreciará como enemiga de clase, se narra en detalle y cobra un fuerte protagonismo, compartido con la indiscutible figura central de la novela -que no es otra que Frances- una hijastra de Johnny, Sylvia, acogida por la propia Frances, que también recibirá en su comuna a la madre de ésta, y con ella entra en la novela un nuevo escenario, el Africa de la descolonización, el caos y los sátrapas corruptos como el presidente de la imaginada república de Zimlia, Mathew Mungozi, alguno de cuyos ministros fue huésped en la casa de Julia y Frances, como también lo serán dos huérfanos del sida que Sylvia se lleva a Londres desde su hospital africano.

Doris Lessing que no se recata en criticar el feminismo como ideología sustitutoria erige, frente al fantoche de Johnny, un triple monumento a la Humanidad en estas tres figuras inolvidables pertenecientes a tres generaciones sucesivas, Julia, Frances, Sylvia en las que encarna un nuevo mito, muy de los años sesenta, el de la madre sustituta, o más bien "madre tierra" como se decía, que "componían una red de educadoras, de educadoras neuróticas" pero imprescindibles.

jueves, 3 de diciembre de 2015

LAS TRIBULACIONES DEL ESTUDIANTE TÖRLESS DE ROBERT MUSIL

Las Tribulaciones del Estudiante Törless se enmarca en un género tan clásico como es el de las novelas de aprendizaje, aunque las diferencias con éstas sean, precisamente, las que dotan al libro de un aire específico muy interesante. Robert Musil escribió esta obra a principios de siglo, en 1906, quizá desgranando sus propios recuerdos tras el paso por una academia militar en su juventud.

La novela nos presenta al joven Törless, hijo de una familia acomodada que estudia en un instituto para jóvenes adinerados. Rodeado por muchachos despreocupados y ociosos, el protagonista sufre una hipersensibilidad, fruto de su carácter sentimental y abstraído, lo cual provoca que sus relaciones con su círculo más íntimo (compuesto por los chicos más rebeldes y carismáticos) sean complicadas. El abuso que sus dos compañeros más cercanos Beineberg y Reiting, ejercen sobre Basini, otro alumno al que descubren robando dinero, es la prueba definitiva para que Törless de rienda suelta a sus emociones más reprimidas e incomprensibles. 

La atracción por Basini (en un principio muy abstracta, después sensual, y, al final, puramente intelectual) le sume en un pozo de perplejidad: el conocimiento que tiene del mundo se ve socavado por los comportamientos que observa a su alrededor, y que juzga como carentes de lógica. La turbación a la que se ve sometido le lleva a una nueva toma de posición respecto al mundo, haciendo así que el joven experimente un proceso de madurez bastante acelerado. El narrador lo describe así:

"Sí, existen pensamientos muertos y pensamientos vivos. El pensamiento que se mueve en la superficie alumbrada por los rayos del sol, que siempre puede referirse al hilo de la causalidad, no tiene por qué estar vivo. Un pensamiento que quizá ya había atravesado nuestro cerebro hace mucho tiempo solo cobra vida en el momento en que se le suma algo que ya no es pensamiento, que ya no es lógico, de modo que sentimos su verdad más allá de toda justificación".

Como puede observarse en este pasaje, la prosa de Musil no es en absoluto sencilla o directa. De hecho, Las Tribulaciones del Estudiante Törless es una obra muy psicológica, al estilo de la trilogía de Los Sonámbulos de Hermann Broch. El narrador de la novela es reflexivo, y sus percepciones discurren mucho más allá de los límites del pensamiento del protagonista o de los otros personajes.

La entrada en la madurez del joven Törless es dolorosa y carente de racionalidad: su asunción del sufrimiento como hecho adulto no le convierte en alguien mejor, sino distinto. No hay crecimiento en un sentido moral, ya que su visión del mundo continúa estando llena de perplejidad; se siente diferente, mayor, pero su comprensión de este acontecimiento es confusa y los pasos que ha debido dar hasta alcanzar ese nivel no le han servido para afrontar mejor la vida que sobrevendrá. 

Törless ha experimentado una madurez psicológica (en tanto que reflexiona sobre los sucesos que acontecen en el instituto) que, paradójicamente, no le conduce hacia un autoconocimiento más profundo, sino hacia una incertidumbre total acerca de todo lo que le rodea. Quizá el gran acierto de Musil sea plasmar esa contradicción tan frecuente mediante una historia oscura y unos personajes alejados de estereotipos, aunque su estilo convierta la lectura en un periplo bastante arduo.

El narrador no hace concesión alguna a la claridad y se esfuerza por plasmar en palabras la aridez de unos sentimientos que no por habituales son menos complejos, por lo que hay pasajes que pueden ser muy enrevesados.

Pese a este detalle, es un ejercicio intenso el acercarse a esta obra tan llena de matices. Un trabajo, por cierto, que resulta mucho más placentero dado el esmero que ha puesto el autor en la prosa estilizada y rica de la novela.

jueves, 19 de noviembre de 2015

ESTA HISTORIA DE ALESSANDRO BARICCO

Me dejé llevar por el corazón, por un extraño imán, por alguna clase de sortilegio, por el destino, hacia las páginas de la novela, y en ellas encontré la calma. La misma que me han dado otros narradores europeos como Isak Dinesen, una calma placentera que sólo me da la literatura, concretamente, algunas piezas de la literatura.

Me deslumbró quedarme quieta, calmada, en paz con las palabras que escribía un italiano de nuestro tiempo, me daba confianza, serenidad, y estaba envuelta en una historia que no quería que acabase. Me alegré con sinceridad al poder encontrar sin trasladarme a los anaqueles de muchos años atrás, una historia tan bien narrada, estructurada, circular, dónde nada falta ni nada sobra, de un escritor contemporáneo nuestro, que vive en nuestro mismo mundo, en nuestra vieja Europa, ésta que nunca acabaremos de descubrir, de conocer y reconocer, dónde siempre habrá un lugar más para otra nueva posibilidad.

Si me acerqué a la novela no fue por la fama de su autor, ni por la faja que indica que es ya tercera edición, ni por la solvencia de la editorial, me acerqué porque abrí el libro y encontré palabras que acariciaban mis oídos, palabras que no perdían la belleza aunque contasen un horror, palabras que se transformaban en sonidos que resonaban en mi cabeza hora tras hora, como una melodía, palabras que tenían una textura diferente en el paladar, palabras que no venían de otra época, palabras que pulsaban la herida de la vida, de la tierra, palabras que gozaban de un porqué, de una musicalidad, de un quejido, de una esperanza.

Si me quedé y me entregué no fue por error, sino por una gracia que me concedió el destino al encontrar una prosa que me llevaba dulcemente por el ensamblaje de la historia, de esa historia de Esta Historia.

Encontrarme con Último Parri fue una dádiva que algún Dios me concedió. Último, el protagonista de Esta Historia, con su pragmatismo aplastante y su sueño, te arrastra desde niño hacia el centro mismo de la novela, te arrastra sin notarlo, más bien notas que te estás deslizando por unos raíles que sólo llegan a una estación, la estación de la buena literatura. Las horas que pasas con él, desde  mayo de 1903 a mayo de 1969, como he mencionado antes, son horas de calma, horas de sosiego, de paz, de reflexión, nada ni nadie enturbia esa confianza, ese sosiego al que se debe el orden del mundo, para que todo sea lo correcto, lo justo, lo bueno, lo merecido que Alejandro Bariccco transmite. 

Como contrapunto a esa paz, a ese saber estar en el mundo, encontramos enfrente y enlazada a la misma historia, la fragilidad de la vida reflejada en los cuerpos y las actitudes de los otros personajes y de otros lugares. Ni la singularidad de Libero Parri, ni el tarambana conde de D'Ambrosio, ni la libertad de el Talud de Tassabene, ni la magnanimidad de Gardini, ni la ambigüedad de Florence, ni la manzana de Turín, ni la tristeza agazapada en el cuerpo de la secretaria de Gardini, ni la locura y el miedo de Labinia, ni la crudeza y el terror de Caporetto, consiguen malograr el sueño de Último Parri, (el niño y el hombre de la sombra de oro), un sueño lleno de curvas y rectas infinitas, una historia dónde los pilares de los sueños y de una ilusión individual son distintivos y fuertes, dónde todo se resume en estas palabras que se repiten más de una vez en la novela: "la gente vive muchos años, pero en realidad está verdaderamente viva sólo cuando consigue hacer aquéllo para lo que nació. Antes y después no hace otra cosa que esperar y recordar. Pero no esta triste cuando espera o recuerda. Parece triste. Pero lo único que ocurre es que está un poco lejos."

Todo ello en una estructura diferente, alternativa y arriesgada, de quien cree que en la literatura todavía todo es posible, narrada por diferentes voces y personas. Alessandro Baricco conoce de cerca el arte, su valor y su poder, así como la necesidad que la vida tiene de él.

Déjense acariciar por ella, por la historia, después con el paso de los días, extrañarán a cada uno de los personajes, habrá valido la pena conocerlos, en las horas calmadas de estas tardes infinitas dónde se recupera la infancia, los placeres, las locuras, los sueños. Déjense acariciar por Esta Historia, puesto que sabrán que el día que se acerquen a ella la suerte estaba de su lado.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

CITY DE ALESSANDRO BARICCO

Entre diálogos y narraciones se nos presenta la vida de Gould, el personaje principal de la novela, que es un adolescente considerado un genio. Gould es sometido a una vida monótona, inmerso en salones de clase y profesores que sólo ven en él un futuro prometedor. Pero afortunadamente, cuenta con la aparición de Shatzy en su vida, una joven que vendrá a ser quien le cuide y acompañe en la casa, ya que Gould no vive con su padre que es militar ni con su madre que se encuentra confinada en un sanatorio, una situación compleja para un ser humano de tan corta edad. Shatzy representará en la vida del joven un punto diferente en su vida. Ella únicamente quiere que él sea feliz y normal, comportamiento que a Gould le resulta difícil de lograr.

Esta historia, se desarrolla entre los elementos conocidos de la cultura occidental como la radio, el boxeo, el western, el soccer y la vida solitaria de un niño que de alguna manera siempre se encuentra en compañía de personas ajenas. Gould cuenta con sus profesores que le aprecian: Poomerang y Diesel y con Shatzy que representa su núcleo familiar roto.

Sin temor por su futuro, que al parecer ya se encuentra decidido desde el momento en que fue descubierta su genialidad, el protagonista sabe que su destino es descubrir algo único y ganarse el premio Nobel, pero serán una serie de situaciones y razones las que harán que este joven con un futuro ya impuesto decida tomar su destino en sus propias manos para ir en busca de su posible felicidad.

Durante mucho tiempo las personas se han acostumbrado, de alguna forma, a sobrevivir en una ciudad caótica, a lidiar con todas las situaciones, acompañadas de seres humanos bipolares y con personalidades chocantes, pues bien, en la novela podemos encontrar un ser que por su condición quizá ha sido forzado a convertirse en lo que Delgado llamará un Outsider en su libro "El Animal Público", he aquí su definición: "El ser de las calles ostenta su invisibilidad y, justamente por ello, se convierte en fuente de inquietud para todo poder instituido: es visto porque se visibiliza, pero no puede ser controlado, porque es invisible." ¿Podrá Gould enfrentarse a ese espacio monstruoso llamado ciudad? Podemos intuir desde el comienzo que la situación no ha sido sencilla para él con una madre que lo rechaza y un padre poco interesado en sus sentimientos. Sin embargo, el joven siempre se verá acompañado de Poomerang y Diesel, que vendrán a representar sus alter egos, uno mudo pero que posee unos razonamientos muy certeros en el momento de criticar al que le disgusta; el otro, un ser grande y gordo que llama la atención en cualquier lugar, callado y poco inteligente pero sí muy fuerte. Nuestro protagonista pasará sus días encerrado estudiando, o por el contrario, escuchando las peleas de boxeo en la radio, sentado en el baño, única conexión con su padre. Diálogos esporádicos permiten que conozcamos un poco el pensamiento de Gould frente al abandono de sus padres.

Con muchas barreras impuestas por su mismo espacio en movimiento, Gould se encuentra incapaz de relacionarse abiertamente con otros seres humanos y aún con su exterior; él deambula por las calles observando lugares comunes como una cancha de baloncesto en una escuela pública. "Ojos en la canasta. Silencio. Elevándose sobre el suelo, la intuición carga toda la fuerza necesaria para urdir la lejanía que la separa de una posible respuesta. Tiro. Fantasía y razón. En el aire se traza la parábola lógico deductiva de un pensamiento que gira sobre sí mismo bajo el efecto de un latigazo de muñeca impreso por la imaginación".

Para el protagonista, el momento en que puede tomar por primera vez un balón en sus manos, constituye la representación de su libertad, quizás porque es desde ese instante cuando toma la determinación de apartarse del mundo que conoce y de la vida que le habían impuesto. Gould no posee una inteligencia práctica, pues no sabe desenvolverse en la ciudad; cuando va a recoger el balón casi muere atropellado por un autobús, sin darse cuenta al cruzar; pareciera que las personas así no mueren en la ciudad como los otros seres normales que tienen conciencia de su entorno.

En nuestra sociedad eres el lugar dónde vives; las ciudades buscan homogeneizar a las personas que allí viven, pero Gould sabe que para convertirse en ese ser invisible, dueño de su libertad, debe ser parte de esa homogeneidad para poder pasar desapercibido. El posee  una aparente única referencia sobre la ciudad y su comportamiento, Shatzy, quien sin problemas representa la ciudad; Shatzy realiza acciones de las que se arrepiente, pero continúa realizándolas, tiene la imaginación que sólo un transeunte constante de la ciudad podría tener, tomando en cuenta los espacios que ya existen.

Lo importante es que Gould decide convertirse en alguien común en una ciudad por voluntad propia; al sentirse un poco acorralado por su futuro decidido, simplemente se va a trabajar a un lugar de aparente felicidad eterna, Coney Island, un lugar dónde se encuentra una feria permanente, llena de juegos y niños, ve cosas que nunca pudo conocer por su situación y trabaja vendiendo tickets para subir a la noria, siempre con Poomerang y Diesel a su lado, viviendo una vida monótona pero agradable.

En la novela están la mayor parte de los estereotipos que forman parte de la cultura americana, el boxeo como elemento importante para el desarrollo de la aparente relación que existe entre Gould y su padre, una vida orientada al constante estudio como única salida para obtener un futuro brillante, el padre militar siempre alejado de casa y la madre que pierde la razón por la presión de la situación de Gould, la necesidad de crear "amigos imaginarios" quienes acompañen la soledad del joven, poder hablar con alguien sólo de soccer, tener una niñera un poco inusual, una joven que posee ideales en la vida más simples y que, finalmente desaparece entre la gente.

La constante búsqueda de sentido en la vida hace del ser humano alguien dispuesto a tener decepciones, quizá no sea el caso exacto de estos personajes, pero ciertamente ellos sufren un cambio en su ser en el momento en que son conscientes de que la vida va más allá de lo que ven sus ojos. Para Gould, lo que Delgado llama observación flotante es lo que le deja conocer un poco la ciudad al mismo tiempo que percibe su razón, desde la analogía entre el momento de encestar una pelota de baloncesto con un momento de elevación, dónde la fantasía y la razón se unen para ser motivo de consideración, y este evento se repetirá mientras el joven siga jugando con el balón; el hecho de que no sea un ciudadano común hace que su lógica no funcione de la misma forma y no perciba lo que ocurre a su alrededor como algo normal; sencillamente ese no parece ser su lugar, pero el hecho de convertirse en un ciudadano común le hace ser único en su propio lugar.

La ciudad representa un lugar diferente para cada ser humano, ella demanda comportamientos y percepciones diferentes de acuerdo a lo que seas, con Gould la ciudad pidió un poco más de lo que él podía brindarle, para Shatzy que es una mujer que se adapta a lo que le toca vivir, es sencilla; para Gould su felicidad será disfrutar su propia vida.

miércoles, 7 de octubre de 2015

LA VERDADERA VIDA DE SEBASTIAN KNIGHT DE VLADIMIR NABOKOV

La Verdadera Vida de Sebastian Knight comienza como el intento de escribir una biografía acerca del personaje del título por parte de su hermanastro, V. Este Sebastian se nos revela como un escritor de éxito, autor de varias novelas complejas y extrañas, que fallece debido a una enfermedad cardíaca a los treinta y seis años. Tras su muerte, el narrador decide recopilar datos acerca de él para ilustrar el libro que le dedicará (y que llevará por título "La Verdadera Vida de Sebastian Knight"), ya que perdieron contacto cuando Sebastian se marchó a Londres.

A través de antiguos amigos y viejas amantes, V. irá formando la imagen de ese hermanastro escritor: extraño, oscuro, complejo, atormentado por su búsqueda insaciable de la imagen perfecta. Al igual que Nabokov, Sebastian cambia el ruso por el inglés y ese cambio es doloroso: le cuesta escribir Caleidoscopio, su primera novela, cuya redacción se convierte en un "tour de force" emocional (y casi físico). Ayudado por Claire, la mujer que le entregará -casi literalmente- su vida, ese primer libro representa el primer paso en pos de una expresión ideal, liberada de lugares comunes, de palabras comunes, que alcance a describir lo más profundo de una existencia.

Los libros de Sebastian parecen ser siempre la búsqueda de algo más, de la descripción de individualidades y momentos, más que de personas reales que conocieran a su hermano. De ahí que los caracteres que va encontrando a su paso -Claire, su pareja casi ideal; Goodman, su secretario mezquino y aprovechado; Helene von Graun, la amante que lo enloqueció en sus últimos días- no sean tan reales como uno podría figurarse, ni tampoco arquetipos estrictos: son casi sentimientos, actitudes ante la vida, secretos susurrados. Quizá por ese motivo el libro termina con un reconocimiento explícito de lo universal de esa búsqueda, de los lazos que unen a todos los seres y que consiguen identificarlos entre sí, haciendo de la existencia un todo que cualquiera podría percibir si la mirada se lo permitiese, como Sebastian quizá sabía y callaba.

Y de este modo llegamos a la casi identificación del narrador con su hermano, dado que la búsqueda de datos que ha llevado a cabo, probablemente, no haya sido otra cosa más que la búsqueda de sí mismo. Como la que cualquiera de nosotros, hubiera hecho o podría hacer. Como el mismo V. dice acerca de las novelas de Sebastian: "No son las partes las que importan, sino su combinación".

Con todo, no creo que ésta sea una de las mejores obras de Nabokov. Como en todos sus libros, por supuesto, hay momentos deliciosos y una prosa bellísima (elegante, a ratos sinuosa, pulcra y rica en "divinos" detalles), que impone respeto al pensar que fué la primera que el ruso escribió directamente en inglés dados los pasajes bellísimos que se pueden encontrar, sin embargo, la novela insinúa más cosas de las que resuelve, deja flecos colgando (más emocionales que argumentales) y la sensación al terminar es la de que falta algo, Aunque ese "algo" en el caso de Nabokov se reduzca a unos pocos detalles que, por sí solos, ya alumbrarían la obra de más de un escritor.

Detrás de las palabras están sus sombras. Y, efectivamente, la belleza "inexplicable" de una obra proviene de estas últimas. Sin embargo, para que esta niebla sublime y desconcertante se proyecte debió existir lo escrito, lo enunciado. La novela a la que nos referimos trata de reflejos, trata de espejismos en el espejo, cosas inasibles (el pasado de un muerto, la vida del "otro", su huella en la vida de uno mismo). 

Efectivamente, deja una sensación de lo no terminado (contrario a lo Vargas Llosa) pero por ello, precisamente es por lo que sabemos que el mago hizo bien su truco: eso que parece un error, para mí es el máximo de los logros de un artista.

miércoles, 10 de junio de 2015

MONSIEUR PROUST DE CELESTE ALBARET

Monsieur Proust fue el libro con el que Celeste Albaret, el ama de llaves de Proust, desveló sus recuerdos del gran escritor. No es una crónica al uso, sino que además está revalorizada por el hecho de que lo que se cuenta coincide en fecha con la escritura de En Busca del Tiempo Perdido, por lo que su lectura está trufada con una multitud de claves reveladoras de las posibles dudas, interrogantes o despistes que nos pudo plantear en su día la compleja lectura de aquella novela o conjunto de novelas.

Siendo ya el único ocupante del piso del Boulevard Haussmann por la reciente muerte de sus padres, entró a su servicio Celeste Albaret con veintiún años y recién llegada del pueblo, empleo en el que permaneció durante los nueve años que transcurrieron hasta la muerte de Proust. Andaba entonces en busca de editor para el primer tomo de su novela: "De la parte de Swannn" y Celeste llegó a tiempo de vivir los roces con André Gide, editor a la sazón de la Nouvelle Revue Française, que con total falta de visión (se dice que no lo leyó) desaconsejó su publicación.

Proust consideró enseguida la presencia de Celeste como un hallazgo afortunado, sintonizando ambos a pesar de las diferencias de clase, educación y edad. Desde esa privilegiada posición se convierte en espectadora e incluso en parte activa de muchos resortes de la vida de Proust, el cual le dispensaba el trato propio de una sirvienta de confianza, pero también el de una confidente, lo que ella agradecía devolviendo la confianza depositada, con cariño, fidelidad y exquisita atención a las confidencias del escritor.

Cuando el lector comprende que se ha llegado a esa simbiosis entre ambos, se convence de la asimilación de las revelaciones que se hacen de la intimidad del escritor y el hombre. Esto, en el caso de cualquier otro famoso estaría muy bien, pero aquí no hablamos de otro cualquiera, sino de Marcel Proust, razón por la que el interés se multiplica exponencialmente en función de las particulares características de su personalidad y de su obra muy interrelacionadas ambas con las sensaciones que expresa su autobiográfico personaje deambulando entre sus amistades por las páginas de "A la recherche", por eso la clave de Monsieur Proust no reside solo en conocer detalles de su vida privada, sino también en pararse a observar como estos detalles de su cotidianeidad, definen en cierta manera el talante del autor y están tremendamente  vinculados a las situaciones y a los personajes de "En Busca de un Tiempo Perdido".

Su obsesión principal era su obra, ya que tenía el visionario presentimiento de que estaba predestinada al éxito; esta idea fue la que le dió la fuerza necesaria para aplicarse a la tarea abrumadora de culminarla. Esta certeza llama especialmente la atención en un escritor que a los treinta y cinco años apenas había escrito un par de libros de escasa repercusión. Sus métodos de trabajo nos revelan a un hombre que, influido por su enfermedad y sus dificultades para respirar, se había convertido en un auténtico maniático que prácticamente no comía y que sobrevivía en una habitación oscurecida y forrada de corcho, a  base de café y veronal (barbitúrico estimulante), trabajando incorporado en la cama por la noche y durmiendo por el día, régimen horario al que hubo de someterse Celeste.

A través de las confidencias que Proust le hace y que ella nos transmite, vemos como sacó sus personajes literarios de ciertas figuras de la realidad mundana que conoció, pero sometiéndoles al filtro de su criterio, analizándolos, dándoles forma y trabajándolos asiduamente, antes de trasladarlos al papel, de tal manera que en algunos casos eran casi irreconocibles, e incluso, en otros, eran una fusión de dos o tres personas diferentes.

Celeste se convirtió en el paño de lágrimas de las desventuras de Proust, en el espejo en el que reflejar sus alegrías y, en cualquier caso, en el atento, receptivo y colaborador oyente, al que hacerle partícipe de los chismes de su círculo de amistades, o de sus ideas sobre el carácter del personaje que estaba pergeñando en cada momento. En el libro, Celeste hace un esfuerzo por minimizar todo lo relativo a la homosexualidad de Proust (en su libro "Contra Sainte Beuve" se recoge un artículo en el que habla de los sentimientos de los homosexuales a los que denomina la raza maldita) de manera que uno no sabe bien hasta qué punto esta cuestión pudo tener una importancia vital en su vida. Y me hago esta pregunta porque la relación de Proust con el amor, fuera hombre o mujer la persona amada, debió ser o inexistente o marcada por el capricho y la voluptuosidad más que por el auténtico amor, y más aún en el mundillo claustrofóbico de los salones, en los que las intrigas y el cinismo eran moneda corriente y dónde él era un hombre  que solo era capaz de amarse a sí mismo, o mejor, a su obra, y por la ayuda que le prestó para terminarla, no dudo que también amó, por delegación, a la empleada que tan bien le comprendió.

Una obra excelente, en la que no se sabe muy bien si admirar la forma magistral en que está escrita o la materia  y detalles de los que trata.

lunes, 15 de septiembre de 2014

EL ULTIMO VERANO DE CESARINA VIGHY.

Ganadora del Premio Campiello de la Crítica 2009 y Finalista Premio Strega 2009, la escritora Cesarina Vighy nos deja su opera prima, una novela, o más bien memorias en forma de novela, escrita en los últimos momentos de su vida de manera tardía, al verse azotada por una esclerosis lateral amotrófica, el mal de Stephen Hawkings

El último verano es un libro que narrando toda una vida, acerca de forma intimista una dolorosa sabiduría con un lenguaje preciso, conmovedor y a la vez irónico. Es el testimonio de una mujer que lega en la palabra la resistencia extraña contra la enfermedad y finitud de la vida.

Este libro es el recorrido de una vida dónde el personaje es un narrador omnisciente con hilos autobiográficos, pero dónde la autora no utiliza su verdadero nombre como protagonista de la historia. En el último verano una voz que se llama Z va narrando su vida. Se van repasando los momentos más importantes, se contextualizan históricamente y, poco a poco, se va juntando la memoria de una mujer apasionada por la vida.  Sus coqueteos con  el psicoanálisis llaman poderosamente la atención. Su infancia, su feminismo, el trauma del aborto, el amor. Una experiencia contada con agilidad, con la cercanía de las anécdotas protagonizadas, con una mirada de despedida sin aspavientos ni llantos: pura serenidad e ironía.

Pero el verdadero centro de este testimonio, lo que recorre cada uno de los capítulos de esta evocación vital, es la sombra de una enfermedad repentina, paralizante, que priva a su protagonista de las ganas de vivir. La merma paulatina de sus capacidades, la imposibilidad de dar marcha atrás, son elementos de esta despedida que es, a la vez un canto a la vida, al deseo de seguir adelante pese a todo.

El diagnóstico, el peregrinar por el laberinto de la sanidad, los siete neurólogos que conoce y que diagnostican, que le cuentan de su enfermedad, de lo que vendrá. Ella se va levantando con humor y con ironía de cada una de esas noticias sobre  sí misma y su futuro, Un momento difícil que activa los resortes de la creatividad y la memoria.

Vighy se ríe de sí misma, desdramatiza; quiere dejar algo en este planeta que ayude a otros a caminar por el desierto de esta durísima enfermedad.

Está bien que de vez en cuando nos llegue a las manos un libro como éste, valiente divertido y que aborda un tema tan natural como la muerte. Cesarina Vighy nos deja su canto a la vida y nos dice adiós con una prosa suelta, envolvente y que apunta al corazón, haciéndolo latir al ritmo de la alegría.

jueves, 12 de junio de 2014

LA VERDAD SOBRE EL CASO HARRY QUEBERT DE JOEL DICKER

La novela comienza con la notificación de una persecución de una joven en el bosque en el verano de 1977 y continúa treinta y tres años después, en octubre de 2008.

Después de la publicación de su primera novela a los veintiocho años a Marcus Goldman le sonríe el éxito y se convierte en millonario: se muda de la casa de sus padres a un piso señorial en el Village, cambia su Ford de tercera mano por un flamante Range Rover con los cristales tintados, comienza a frecuentar restaurantes exclusivos y contrata los servicios de un agente literario que se encarga de su agenda. Alquila en Central Park un despacho en el que una secretaria llamada Denise clasifica su correspondencia, le prepara café y archiva sus documentos importantes.

Pero Marcus se bloquea y es víctima del "temor a la página en blanco" por lo que no consigue volver a escribir y cumplir sus compromisos editoriales. Llama entonces a Harry Quebert, su antiguo profesor de la universidad y uno de los escritores más leídos y respetados de América. Nuestro protagonista se instala en la casa de su mentor en la pequeña ciudad de Aurora, New Hampshire pocos meses antes de los dramáticos acontecimientos que sucederán a lo largo de la narración.

Marcus descubre que Harry estuvo enamorado de una joven de quince años llamada Nola Kellergan cuando él tenía treinta y cuatro años. Poco después unos jardineros descubren lo que sería el esqueleto enterrado de Nola Kellergan en el jardín de la casa. Harry es arrestado no sólo por considerarle culpable del asesinato de Nola sino también de la última persona que vió a Nola con vida, Deborah Cooper, una anciana de setenta y dos años.

Además se descubre junto al cadaver de Nora el manuscrito de Los Orígenes del Mal, el libro que catapultó a la fama a Harry Quebert. Marcus decide investigar en Aurora a la gente que conoció a Nola Kellerman y a Harry para poder defenderle y escribir un libro sobre el caso. Pronto se dá cuenta de que Nola es una gran desconocida para la mayoría de las personas que la trataron.

Nadie sabe, en realidad, quien fué Nola que aparece con una personalidad extraña y misteriosa. Nadie sabe por qué salieron los Kellergan de Alabama y vinieron a parar a Aurora. Nadie sabe que los movimientos de Nola los observaba alguien que se agazapaba entre las sombras. Y sobre todo, nadie sabe que Nola tenía una relación con Elijah Stern un rico industrial de la ciudad de Concord, de cuarenta años y con el jefe Pratt de la policía estatal.

Nola es una joven perdida, golpeada y torturada, sometida en su casa  a simulacros de ahogo como los que se llevan a cabo en Guantánamo. Se había convertido en el objeto sexual de Elijah Stern quien enviaba a su hombre de confianza a recogerla para llevarla a su casa. Mitad mujer, mitad niña, a merced de las fantasías de los hombres de Aurora Nora es una víctima y todo lo que la rodea un misterio.

La verdad sobre el caso Harry Quebert es una excelente novela que atrapa la atención del lector de principio a fin. Ha ganado el Premio Goncourt des Lycéens,  Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y Premio Lire a la mejor novela en lengua francesa.


martes, 21 de febrero de 2012

EL PRINCIPITO DE ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY

El Principito es un libro lleno de magia e imaginación, aunque su mensaje, algo confuso, no ha dejado de maravillar a millares de lectores. Se debe aclarar que el Principito no es un libro para niños, aunque como los libros de Lewis Carroll, fue "expresamente" hecho para niños. Pero parece que el mensaje del libro se dirige a personas de cierta edad que puedan ser capaces de analizar las relaciones de amor y amistad que se deslizan en su subtexto. Una explicación banal reduciría el libro a una fábula moral: los niños que aún no han perdido la inocencia, son capaces de de comprender las verdades de este mundo mejor que los adultos. Sin embargo, todos los relatos de Saint-Exupéry son más una búsqueda del significado de la vida: dentro de una metafísica abstracta, algo confusa, los personajes buscan y/o encuentran una dirección: su estrella; y expresan una filosofía individualista. Pero tampoco deja de ser la expresión de una moral humanista, aunque no se debe seguir abusando de la metáfora en busca de un significado, el entretejido de los símbolos de este libro apasionado permanece indescifrable, y es mejor que se mantenga así.
El Principito narra la aventura de un piloto cuyo avión ha sufrido una avería y se halla en pleno desierto del Sahara, a miles de kilómetros de un lugar habitado, en una situación límite de vida o muerte. En ese momento encuentra a un pequeño ser extraterreno de aspecto humano, el Principito. La conversación entre los dos personajes se desarrolla sobre el telón de fondo de una situación de vida o muerte, y algunos críticos han querido ver un diálogo entre el ser adulto y su antiguo "ser" niño, con una mecánica dialéctica que se inicia cuando el Principito plantea su primera exigencia: "Dibújame un cordero". En los primeros nueve capítulos el punto de vista del narrador oscila de la tercera a la primera persona.
Nos enteramos que el Principito habita el planeta B612, del tamaño de una casa, que tiene tres volcanes (uno inactivo) y una rosa. El "niño" ocupa su tiempo arrancando los baobads que intentan echar raíces y pueden destruir el planeta. El Principito ama a su rosa, pero ésta es caprichosa, a veces intratable, y cuando nuestro héroe siente no ser correspondido inicia un viaje -con un estilo que recuerda al de Voltaire- para conocer el resto del universo, visitando otros seis asteroides. Allí conoce una serie de personajes curiosos, con los que entabla conversación: el rey, el vanidoso, el borracho, el hombre de negocios, el farolero y el geógrafo. Y por último, se dirige a la Tierra. Allí conoce y hace amistad con un zorro, con lo cual comienza el capítulo XVI y el punto de vista cambia a tercera persona.
Aquí estamos ante la escena más emotiva: el zorro pide al niño que lo "domestique", una forma de establecer una relación de dependencia entre ambos. Entonces el Principito advierte que su flor lo ha domesticado, le ha hecho creer que ella es la única en el universo, convicción que se refuerza al encontrar un jardín de flores iguales a "su" rosa. Y, en este tono surrealista, el zorro le confía un secreto que sintetiza de alguna manera el mensaje de la novela: "Lo esencial es invisible a los ojos"... para luego agregar: "Es el tiempo que has perdido con tu rosa lo que la hace tan importante".
Devorado por la ansiedad y el deseo de regresar a su propio planeta, el Principito se deja alcanzar por un rayo y muere (o se desvanece en la noche), después de haber consolado, bien o mal al piloto que se había unido al pequeño personaje.
El Principito está tejido con esos hilos invisibles que apenas separan lo que es el cuento de la poesía. Un libro repleto de significados, muchos ocultos, otros obvios, siempre interesante.