viernes, 22 de enero de 2016

LA SOMBRA DEL EUNUCO DE JAUME CABRÉ

Jaume Cabré definió la Sombra del Eunuco como un ejercicio de lucidez. El protagonista, Miguel Gensana, un hombre que roza los cincuenta, se plantea si tiene sentido lo que ha hecho durante su vida. Toda la novela transcurre durante una cena con una chica, precisamene en la casa solariega de su familia, en Feixes, ahora transformada en restaurante. Y es a lo largo de esta cena que Miguel Gensana se plantea "en qué momento se había agrietado su vida", y hace todo un ejercicio de lucidez a la hora de revisar su pasado.

Miguel Gensana pertenece a la generación que vivió la militancia política de los años sesenta, y luchó contra el franquismo, que vivió la clandestinidad. Ahora, después de la transición y ya desde la democracia, la distancia permite una mirada irónica de aquella realidad. 

Profundamente insatisfecho, y con una mirada eternamente triste, Gensana es también un personaje enamoradizo, que no acaba de desenvolverse bien con las mujeres. Podría redimirse a través del arte, pero siente la frustración de quien no es creador, sino sólo crítico. El querría ser el poeta, el novelista, el músico..."el artista" criticado, pero se siente perennemente estéril porque "cuando mira atrás, el crítico ve la sombra del eunuco".

Cabré se plantea la construcción de un universo, de todo un mundo. Es una novela total (precisamente la palabra "todo" abre y cierra la narración). La evocación del pasado (la única cosa que poseemos con seguridad", según la cita de Evelyn Waugh que encabeza el libro) del protagonista enlaza con la narración de las historias de otros personajes de su estirpe, de la que destaca un tierno, sensible y reiteradamente decepcionado tío Maurici. Un par de árboles genealógicos, uno oficial y otro de "verdadero, desconocido y cierto" de la familia Gensana (el apellido también recuerda a la genética), ayudan al lector a no perderse entre la profusión de tramas, conflictos y nombres. 

El protagonista, que como dato curioso, nació el mismo día, el mismo mes y el mismo año que el autor, es el último de la estirpe: con él acaba la casta y el hecho de que la cena se suceda en la antigua casa familiar, ahora convertida en restaurante, es también un símbolo de esta extinción.

Los personajes de la familia, especialmente Miguel y Maurici, van adquiriendo diferentes sobrenombres y motivos, en función de los acontecimientos que viven y de la forma como actúan, como si de reyes medievales se tratara. Miguel Gensana pasa a ser, sucesivamente, Miguel II Gensana el Indeciso, Miguel II Gensana el Intelectual, Miguel Che Gensana, Miguel Marlowe Gensana, Miguel II Gensana el Catecúmeno, San Miguel Gensana, el Comunista de Origen Cristiano, Miguel II Robin Hood Gensana, Miguel II Gensana Sobrino-Nieto, Miguel II Gensana el Apóstol de la Ortodoxia, Miguel II Gensana Liberado de Toda Carga Fatigosa Excepto la del Recuerdo, Miguel II Gensana el Hijo Pródigo, Herr Michael Gensana, doktor in Freundschaff por Heidelberg, entre muchos otros. De este modo, los diferentes bautizos del personaje afilian a una generación "que se ha hecho a golpes de apostasía".

Esta novela, una forma de hacer música con palabras, es una mímesis del concierto para violín y orquesta de Aban Berg, que acabó dos meses antes de morir, precisamente a los cincuenta años, el verano de 1935. Está dedicado "a la memoria de un ángel", título de la segunda parte de la novela. (El título de la primera parte, "El secreto del aoristo", de referencias gramaticales, nos adentra rápidamente en el pasado). 

Cierta aspereza estilística que se puede encontrar en la novela evoca al pantonalismo. En la Sombra del Eunuco, Cabré inaugura una nueva forma de narrar: el uso de la primera y la tercera personas narrativas en la misma oración. Como en una especie de zoom, el narrador se acerca más o menos al personaje en función de la persona narrativa a escogida. Pero la originalidad de la forma narrativa va acompañada de un extraordinario dominio del lenguaje, con múltiples referencias poéticas y musicales.

Los diferentes registros, coherentes siempre con el personaje y la situación (como el catalán de algún miembro de la resistencia o el prenormativo del antepasado poeta), enriquecen una espléndida novela sobre el arte, sobre la música, sobre la existencia.

jueves, 21 de enero de 2016

LA ISLA DE ALICE DE DANIEL SANCHEZ ARÉVALO

Daniel Sánchez Arévalo, autor finalista al Premio Planeta 2015 por su libro La Isla de Alice es director, guionista y productor. Empezó en el mundo del guión pero pronto se pasó al cortometraje con títulos como Gol! (2002), Express (2003) o Profilasis (2003). En 2006 dirigió su primer largo Azuloscurocasinegro con el que ganó tres Goya. Después vendrían Gordos (2009), que tuvo ocho nominaciones en los Goya, Primos (2010) y La Gran Familia Española (2012).

La Isla de Alice se presenta como un trabajo que oscila entre el thriller y el viaje emocional, una historia de superación que se convierte en un relato de personajes caracterizado por una gran peripecia. Según el autor éste era un proyecto de escritura que le había llevado seis años y que le había permitido liberar muchos de sus demonios. Según él el premio era una especie de  bienvenida al mundo literario. 

Intimista, divertido y dramático, como en muchas de sus películas, el autor hace a través de una protagonista femenina como Alice, un retrato fiel de la sociedad americana.

"Había hecho todo lo contrario de lo que hay que hacer en una circunstancia semejante. Cuando caes al mar sin nada a la que aferrarte. Hay que tumbarse  boca arriba y flotar, sin malgastar energía. Y yo había estado chapoteando en el agua, desesperada por mantenerme a flote, y me había quedado sin fuerzas. Mi cuerpo empieza a a pesar demasiado". 

La novela está narrada en primera persona por una protagonista llena de matices, irreverente consigo misma,  valiente pero también asustadiza, dispuesta a todo por descubrir la  verdad y al mismo tiempo temerosa por descubrirla.

Cuando Chris muere en un accidente de coche sospechosamente lejos de dónde debería estar, la vida de su mujer, Alice, con una niña de seis años y otra en camino, se desmorona. Obsesionada por saber de dónde venía su marido, comienza una persecución de sus movimientos a través de las cámaras de vigilancia de los lugares por los que pasó, Así llega a Robin Island, una isla de la que nunca había oído hablar. Decide seguir adelante y averiguar por qué y para qué viajaba su esposo a esa isla perdida.

A pesar de tener miedo de descubrir unos hechos que pueden hacerle mucho daño, Alice decide lanzarse a una búsqueda que conllevará muchos cambios. Iniciará una labor detectivesca que va a implicar a un gran número de habitantes de la isla. Utilizando todo tipo de artimañas se entregará a cuidar de sus hijas y a descubrir el misterio que oculta la isla.

"Allí estaban todos juntos arracimados. Todas las piezas revueltas del mapa de mi tesoro. ¿Qué serían trescientas, cuatrocientas vidas por descifrar?"

Poco a poco y en su afán por descubrir el secreto de Chris, Alice empieza a controlar a los pocos habitantes de aquel paradisíaco espacio, y sin quererlo se convierte en su guardián. Es el  vigía que se preocupa por sus vigilados e incluso los salva de sí mismos en más de una ocasión.

Porque Alice va conociendo todos los secretos de sus vecinos, desde las peleas maritales hasta el alcoholismo. Lo que comienza siendo una historia de intriga acaba convirtiéndose en una historia de amor o de amores, porque hay amor de muchas clases entre estas páginas.

HOMBRES DESNUDOS DE ALICIA GIMENEZ BARTLETT

Hombres Desnudos sigue los pasos de dos personajes. Por un lado Irene, una mujer al frente de una empresa heredada de su padre, que ha acusado los efectos de la mala situación del país, recibe a su marido, abogado que trabaja para ella, que le explica que quiere romper con el matrimonio tras haber iniciado otra relación con una mujer más joven.

De forma paralela, Javier, profesor de Literatura de refuerzo en un centro educativo es puesto de patitas en la calle por las monjas que lo dirigen. Mientras se alarga el tiempo que pasa en el paro, se estropea cada vez más la relación con su pareja, que continúa en su puesto laboral. Cuando Iván, un chico del extrarradio que trabaja como stripper al que acaba de conocer, le propone que trabaje con él, inmediatamente se niega. Pero después reconsiderará su decisión.

El encuentro entre Irene y Javier tendrá trágicas consecuencias. El desenlace es inesperado.

Se trata de una novela de peso, bien construida, con un lenguaje dinámico, escrita a base de monólogos de los personajes. Lo que ocurre se conoce en una primera persona a través de los pensamientos de los dos protagonistas, Irene y Javier, pero también intervienen los personajes secundarios, de forma brusca, sin ningún tipo de advertencia, lo que no supone ni de lejos que el lector se vaya a perder.

Con esta técnica Alicia Giménez Bartlett demuestra tener una enorme capacidad de observación, pues resultan bastante creíbles todos los personajes que intervienen. Sobre todo se luce con el lenguaje de los mismos, aunque pertenezcan a distintas clases sociales. La filóloga de formación capta sobre todo muy bien la forma de hablar de los que son de clase alta, que mezclan vocablos cultos con expresiones de la calle, para hacerse los modernos.

Llega la novela en el momento justo, pues estudia la España posterior a la crisis, cuando las consecuencias económicas han producido cambios de mentalidad que se creían imposibles. Los mismos afectados se sienten extraños cuando se dan cuenta de que su idealismo, que creían inmutable, ha desaparecido por una cuestión de necesidad.

Pero Hombres Desnudos aporta sobre todo una inteligente reflexión sobre la situación actual de una sociedad que parece haber conquistado (con algunos puntos pendientes) la igualdad entre géneros, pero que a cambio vive un momento de desorientación tanto de hombres como de mujeres. Por eso una empresaria que además atraviesa una decadencia económica, no encaja bien haber sido abandonada, no sabe cómo reaccionar. Y un profesor de Literatura, hasta entonces progresista, desarrolla cierto complejo de mantenido, y acaba dando al traste con una relación que parecía ideal.

Tanto a ellos como a ellas les  vendrá bien pensar sobre estos temas durante la lectura de la novela. Sorprende continuamente con algunos hallazgos, por lo que resulta bastante grata.

jueves, 17 de diciembre de 2015

LA ROMANA DE ALBERTO MORAVIA

¿En qué está el parecido entre esta novela cumbre del neorrealismo italiano de la posguerra y, por ejemplo, las ficciones picarescas del caballero Andrea de Nerval o del filósofo Diderot? No en el erotismo, pues en La Romana, aunque Adriana, la protagonista, hace el amor con mucha frecuencia, tanto por motivos profesionales como personales, el sexo no aparece con los ropajes prestigiosos y excitantes que el género exige, sino como un quehacer más bien deprimente, en el que se manifiesta lo peor de los hombres y las mujeres del mundo ficticio: la violencia de Sonzogno, las obsesiones edípicas de Astarita, la frigidez de corazón de Jacobo y el espíritu venal de Gisela.

La semejanza reside en la estructura, en la técnica narrativa y en las convenciones que debe aceptar el lector para leer con provecho la novela. La forma prototípica de la ficción libertina es la del testimonio autobiográfico. Como el personaje de Moravia, el o la protagonista de aquellas novelas refiere las aventuras galantes de las que fue beneficiario o víctima. Y lo hace siempre con la misma prolijidad que Adriana. Cierto que éste es, asimismo, el formato acostumbrado de la novela picaresca del Siglo de Oro -el monólogo del pícaro escribidor- pero La Romana es más dieciochesca que picaresca porque en ella se piensa más que se actúa. Al igual que sus dos famosas congéneres, Justine y Juliette, concebidas por el divino marqués en un torreón de La Bastilla, Adriana abunda más -se diría goza- en la reflexión y el filosofar sobre aquello que le sucede, que en el relato de aquellas ocurrencias (ésto es lo que hace el pícaro). 

Ello imprime a la novela una lentitud que sería fatigosa si no estuviera interrumpida, de tanto en tanto, por episodios melodramáticos, de intensa carga persuasiva, que hacen vibrar el relato, como la emboscada de que es víctima Adriana en Viterbo, la delación que perpetra Jacobo o los robos que la prostituta comete, no por codicia o necesidad sino para confirmarse a sí misma su deterioro moral. Estos robos así como el extraño placer que Adriana siente cada vez que recibe dinero por hacer el amor, dan al personaje unos ribetes más complejos y enrevesados de los que ella, según su testimonio, cree tener.

La comparación con una novela dieciochesca se impone sobre todo porque, como La Religiosa o Justine, La Romana sólo es creíble para el lector que renuncia a la ilusión realista y se adentra en sus páginas dispuesto a vivir una fantasía literaria, una ficción-ficción. La apariencia de la anécdota es realista: chirría a tinta y papel, desafina a buena literatura todo el tiempo. Esta es la convención que el lector debe aceptar. Esta muchacha de veintiún años, pueblerina, sencilla, ignorante, ingenua, se cuenta con una solvencia de académica y sin violentar las buenas maneras gramaticales ni una sola vez; es una fina observadora de la conducta propia y ajena y capaz de hurgar hasta en los vericuetos más íntimos de la psicología de las gentes. 

No hay que ver en ello una contradicción que privaría a la novela de poder persuasivo. Hay que entenderlo como un caso de novela que, en vez de la convención "verita" del lenguaje, propone otra, la "culta", tal como lo hacían los novelistas (también ellos se creían realistas) del Siglo de las Luces. En ese mundo ficticio, que no es el nuestro, imperan otras reglas de juego y debemos aceptarlas como un elemento ficticio más de ese mundo de ficción. A las reminiscencias dieciochescas, se añade en la novela la conciencia social del intelectual comprometido del siglo XX. La mezcla es típica de Moravia. Hay en él un escritor fascinado por el sexo y sus laberintos, que pudo ser un "libertino" contemporáneo, como intentó serlo Roger Vaillant, pero que nunca lo ha sido del todo. Porque aunque el sexo es la atmósfera de su mundo ficticio, siempre está tenido a raya e instrumentalizado para configurar una visión crítica y problemática de la sociedad.

La Italia que el libro finge representar es la del fascismo ("era el año de la guerra de Abisinia"), un país pobre, sórdido y deprimido, de movimientos clandestinos y siniestras oficinas públicas dónde, al entrar, los usuarios deben hacer el saludo imperial. La política no ocupa el centro de la acción porque Adriana no entiende nada de política ni se interesa por ella, pero es su contexto imprescindible. Dos de los amantes de la protagonista, por lo demás, están sumergidos hasta el cuello en la actividad política: Astarita, funcionario de la seguridad del régimen y Jacobo, militante antifascista. Lo mejor de todo, sin embargo, no es la visión sombría y desesperanzada que traza de una época, sino la galería de seres humanos que desfilan por sus páginas. Pese a ser convencional y sin aristas, hay en la resignación de Adriana a su suerte y en su pasión por Jacobo una oscura grandeza. Fuera de ella ninguno de los personajes es digno de admiración, ni siquiera de respeto. Pero todos son interesantes y están estupendamente bien cincelados y diferenciados.

La maestría de Moravia en los retratos psicológicos alcanza en esta novela, al igual que en Agostino y el Conformista, su punto más alto. Dos de los personajes, sobre todo, impresionan de manera muy gráfica por su retorcimiento y violencia: Sonzogno, el asesino, en el que la necesidad de hacer daño aparece como un instinto irresistible, una especie de mandato celular, y Astarita, el más logrado del libro, ser tortuoso y débil, cerebral y apasionado, que sin duda ejerce su oficio con asepsia quirúrgica. Que ambos mueran al mismo tiempo, y uno por culpa del otro, es un atisbo de que, a pesar de su grisura, aquel mundo no está totalmente dominado por el mal.

Otro personaje muy bien diseñado es la madre, aunque el tipo aparezca con frecuencia en las películas y novelas del neorrealismo italiano. En ella se hace patente una convicción antirromántica. La de que la pobreza no espiritualiza ni sublima al ser humano; más bien lo encallece y degrada. Las estrecheces y rudeza de la vida han hecho de la madre de Adriana un ser frío y amoral, tanto o aún más que Gisela. Si empuja a su hija a la prostitución no es por malvada; la experiencia le ha enseñado que todo vale a fin de conseguir aquella seguridad y comodidades que nunca tuvo. Ser mecánico, absorto en una rutina casi animal, hay algo  en la manera de ser de la pobre mujer que nos enternece y nos espanta, una especie de acusación. El autor ha conseguido, en la inercia amarga y rencorosa de la madre de Adriana, un admirable símbolo de las iniquidades sociales.

Jacobo, en cambio, es más borroso y menos persuasivo. No sólo por sus inhibiciones y desánimo vital, sino por esquemático. Hijo de burgueses, intelectual, paralizado por contradicciones que quieren reflejar las de su clase, de una debilidad que hace de él primero, un indeciso y luego un traidor, su suicidio tiene demasiadas resonancias alegóricas para conmover al lector. Quien se pega el tiro, en ese hotelillo perdido, no es un ser concreto sino una abstracción ideológica.

No deja de sorprender que La Romana fuera un libro polémico y que provocara tanto escándalo al aparecer. Los episodios sexuales, salvo una que otra rápida excepción son bastante anodinos, y Adriana, la narradora, aunque ejerce el meretricio, luce una moral severísima y conformista a más no poder. La única audacia es la amarga amoralidad de la madre, poco menos que testigo presencial de los encuentros de su hija con sus clientes (o amantes como los llama Adriana en su educado lenguaje).

Cuesta trabajo, en todo caso, imaginar que fuera este detalle marginal a la historia el que atrajera todas las consideraciones que durante algún tiempo, dieran a La Romana la aureola de libro maldito.

viernes, 11 de diciembre de 2015

LAS BOSTONIANAS DE HENRY JAMES

Las Bostonianas se considera una de las mejores obras de Henry James, lo cual no es baladí teniendo en cuenta la enorme producción del escritor estadounidense.

Esta novela se centra en las peripecias de dos mujeres, habitantes de la ciudad a la que hace referencia el título, que se dedican en cuerpo y alma a la causa naciente del feminismo político. La mayor, Olive Chancellor, es una estricta luchadora que no tiene otro objetivo que reivindicar su causa hasta las últimas consecuencias; su pupila, Verena Tarrant, es una joven inocente con vehemente don para la oratoria. En sus vidas se cruza Basil Ransom, primo lejano de la primera que, procedente del recién derrotado Sur, llega a la próspera Boston para tratar de abrirse camino como hombre de leyes.

Como es obvio, la concepción tradicional del rol de la mujer que tiene el joven chocará muy pronto de forma brutal con las ideas de su prima; sin embargo, la opinión de Verena sobre el sureño no será tan crítica.

James consigue mostrar con su sutileza habitual la relación íntima de las dos mujeres, jugando con la posibilidad de un amor que se insinúa de manera muy velada (el libro se publicó en 1886). La unión entre Olive y Verena comienza siendo de carácter intelectual, aunque muy pronto la pasión de la joven hace sucumbir a la mayor ante la vehemencia de los sentimientos. Esta dualidad es la que sirve de base al conflicto de la novela, ya que el personaje de Basil Ransom es el desencadenante de las discrepancias entre las dos mujeres al ponerlas en el brete de confrontar su concepción del compromiso ideológico.

Mientras Olive se erige en defensora acérrima de un total enfrentamiento con el sexo opuesto, Verena es partidaria del entendimiento y "la conversión" al credo feminista. El amor entre las dos protagonistas (sea de índole amistosa o de mayor alcance) se contrapone a la pasión furiosa de Basil, que se enamora de Verena aún siendo consciente de que sus ideas le alejan de ella. El se convierte así en el personaje más interesante del libro, ya que su mentalidad conservadora se opone sin descanso a los proyectos de ambas mujeres, consiguiendo desesperar a Olive y trastornar a Verena, como el final de la obra pone de manifiesto.

La grandeza de Henry James es la de ofrecer al lector diferentes modelos de compromiso feminista, encarnados en otras tantas protagonistas. Olive se perfila como la luchadora inflexible, una persona cegada por sus ideales e incapaz de comprender que su aplicación práctica debe acomodarse a razones sociales; sin embargo, ella misma está cargada de prejuicios y de estereotipos, y es incapaz de aceptar sus contradicciones. Verena es, por el contrario pasional: una mujer emocional y expansiva que cree en aquello que defiende, pero que entiende la vida como un campo de experimentación dónde sus tesis son sólo un componente vivencial más.

En un segundo plano tenemos a personajes que aparecen menos, como la doctora Prance, una joven de carácter austero que, aún compartiendo las ideas de Olive, no acepta que el compromiso ideológico esté reñido con una satisfacción y realización personales; su independencia y su inteligencia la alejan de cualquier extremismo, haciéndola así un ejemplo de honestidad y sentido común.

La señora Birdseye, una suerte de mentora de Olive, representa la abnegación absoluta en favor de un ideal; su compromiso es tan extremo como el de Olive, pero de carácter puro y honesto: no espera ningún tipo de recompensa y acepta con dulzura la evidencia de que no será capaz de convencer a todo el mundo, si bien se conforma con "extender" sus creencias en la medida de sus fuerzas.

Todas estas mujeres están retratadas con maestría y sutileza, con esa habilidad que gastaba James a la hora de componer personajes de una hondura sin parangón. Incluso la conclusión, un tanto predecible, está tejida con una humanidad que pocos escritores alcanzan. Sin duda alguna  Las Bostonianas es una de las grandes novelas de Henry James, lo cual es casi como decir que es una novela imprescindible.